La eficiencia energética ¿sólo cuestión de invertir?

Una práctica saludable en tiempos de crisis es poner en cuestión hábitos y valores que se han ido implantando en épocas de bonanza. A todos nos convendría que este sea el caso del uso de la energía. La realidad que debemos, como sociedad, superar, es que somos ya varias generaciones acostumbradas a derrochar energía. Preferimos protestar por su encarecimiento antes que tomar medidas para ahorrar, en parte por la equivocada creencia de que consumiendo menos energía necesariamente disminuye nuestro confort.

¿Qué debemos y qué podemos hacer? La mejor respuesta está en desarrollar lo que calificaría como una versión moderna y tecnológica de algo en lo nuestros abuelos eran maestros porque lo necesitaban: aprovechar lo que se tiene. Esta máxima se perdió durante el desarrollismo económico, época de energía barata. No faltan los intentos de recuperarla por consideraciones medioambientales, pero parece que el argumento de la sostenibilidad no ha calado suficientemente en las sociedades. La tibieza de los compromisos de las últimas cumbres sobre el clima es un ejemplo.

Es un eslogan frecuente, y bien cierto, que la energía más barata y sostenible es la que no se consume. Sin embargo y pese a algunos avances, la eficiencia energética no acaba de despegar a la velocidad que se le suponía por sus beneficios económicos y medioambientales; aún más teniendo en cuenta las posibilidades tecnológicas, cada día mayores.

Una de las concepciones que está lastrando un despegue más rápido es considerar la eficiencia energética como una cuestión tan sólo de invertir dinero en equipos nuevos. Especialmente en la coyuntura actual, muchas empresas se encuentran desalentadas y desorientadas ante el aparente dilema de seguir pagando unas facturas cada vez más caras o la supuesta necesidad de invertir un dinero que ahora no tienen, sin posibilidades factibles de crédito y con muchas otras necesidades más acuciantes. Ante ello, el resultado suele ser no hacer nada. En esta situación de bloqueo, de poco sirven las llamadas a la concienciación o incluso los incentivos públicos.

Las buenas noticias son: 1) es posible hacer mucho optimizando lo que se tiene; 2) este paso inicial orienta y facilita la realización de las inversiones que pueden resultar más importantes. Estos proyectos, bien planteados, son en general financiables, bien directamente, a través de empresas de servicios energéticos o incluso con capital privado.

No hay fórmulas mágicas en la eficiencia energética. Esta se alcanza a través de una combinación de tecnologías que evolucionan, concienciación y medidas de operación y mantenimiento, todo ello coordinado por la figura de un gestor energético. La solución más adecuada para cada industria o edificio es función de su situación y posibilidades. No hay un equipo, no hay una única solución que sea la piedra filosofal que sustituya a una gestión energética dinámica y sostenida en el tiempo. Es cierto que muchas empresas no disponen de personas con formación y disponibilidad para ejercer de gestores energéticos, pero esta función es tan externalizable como otras: asesoría legal, fiscal, contabilidad… Como sucede en estas funciones, también son convenientes las combinaciones de recursos internos y externos.

Para emprender un camino de mejora, que puede superar con ahorros en consumo los incrementos de precio de la energía, un paso previo indispensable es medir y analizar los consumos energéticos actuales. Sin medida y análisis, se mantiene un estado de desorientación. Es por ello que la propuesta de Directiva sobre Eficiencia Energética de la Unión Europea establece para las compañías eléctricas la obligación de poner a disposición de sus clientes y sus gestores energéticos datos reales con indicación de tiempos de consumo. En particular, las plataformas de medida y análisis de consumos son una herramienta muy eficaz, sencilla y económica para comenzar a emprender acciones de gestión de demanda sin inversión, evaluar los resultados y posteriormente decidir acciones que supongan inversión, con la posibilidad de externalizarlas.

¿Qué sucederá si las grandes zonas en desarrollo económico y demográfico, que ya engloban más del 50% de la población mundial -China, India, América Latina, Europa Oriental, África- siguen adoptando las mismas prácticas en uso de la energía que Europa y América del Norte, cuyos consumos per capita son muy superiores? Se ha demostrado a lo largo de la historia de la humanidad que la energía siempre ha sido un factor clave para impulsar y mantener los grandes periodos de crecimiento económico y demográfico, desde el neolítico hasta la revolución industrial. Por tanto, no hace falta ser un augur para prever un escenario nada lejano de escasez de materias primas energéticas y elevados precios que con certeza colapsaría la economía global, además de las consecuencias de la aceleración del cambio climático.

La eficiencia energética debe impulsarse por su gran beneficio para la economía española y europea: a corto plazo, por la reducción de importaciones; a medio plazo, por la capacidad de generación de empleo; a largo plazo, por ser indispensable para que la economía global siga funcionando. La gestión energética es, en buen grado, una cuestión de medida, actitud, ingenio y trabajo. Concebirla sólo como una cuestión de inversión, que “compite” contra otras inversiones, o pensar que quizá ahora no deba ser una prioridad o no nos la podamos permitir, sería un error que, más pronto que tarde, pagaremos caro.

Fuente: Alimarket

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